Muchos afirmaban que aún los tenían.

Ciertamente, seguían siendo un clan sumamente poderoso, cuya riqueza había aumentado gracias a su valentía en el campo de batalla, y había sido protegida por su éxito al convencer a los sucesivos soberanos de que era mejor dejar en paz a tan astutos y políticamente poderosos hacedores de reyes, para que manejaran el Middle March como habían hecho desde que, por primera vez, posaran su elegantemente calzado pie normando en tierra inglesa.

Royce estudió los alrededores con un ojo agudizado por la ausencia. Acordándose de su ancestro, se preguntó de nuevo si su tradicional independencia (por la que originalmente lucharon, y ganaron, y que les había sido reconocida por costumbre, y garantizada por un fuero real, más tarde legalmente rescindido pero nunca realmente retirado, e incluso menos realmente renunciado) no había apuntalado distanciamiento entre su padre y él.

Su padre había pertenecido a la vieja escuela del señorío, una que incluía a la mayoría de sus iguales. De acuerdo a sus creencias, la lealtad a un país o a un soberano era una mercancía que se podía intercambiar y vender, algo por lo que tanto la Corona como el país tenían que ofrecer un precio adecuado antes de que le fuera concedida. Más aún, para los duques y los condes del mismo tipo que su padre, eso de “país” tenía un ambiguo significado; como reyes en sus propios dominios, dichos dominios eran su principal preocupación, mientras el reino poseía una existencia más nebulosa y distante, y era ciertamente una reivindicación menor en su honor.

Aunque Royce admitía que jurar lealtad a la actual monarquía (el demente rey George y su disoluto hijo, el príncipe regente) no era una proposición atractiva, no dudaba en jurar lealtad, y servicio, a su país… a Inglaterra.



2 из 450