
Estaba de pie ante la amplia ventana, deleitándose con aquella vista, cuando una llamada a la puerta le hizo girarse. Elevó su voz.
– Adelante.
El lacayo que había visto antes apareció en el umbral de la sala de estar portando una enorme vasija de porcelana china.
– Agua caliente, su Excelencia.
El duque asintió, y después observó al hombre mientras cruzaba la habitación y desaparecía a través de la puerta que conducía al vestidor y al baño.
Cuando el lacayo reapareció había vuelto a mirar por la ventana.
– Disculpe, su Excelencia, ¿quiere que desempaque sus cosas?
– No -Royce miró al hombre. Era vulgar en todo… altura, constitución, edad, color de piel. -No son demasiadas cosas… Jeffers, ¿es así?
– Efectivamente, su Excelencia. Yo era el lacayo del difunto duque.
Royce no estaba seguro de necesitar un lacayo personal, pero asintió.
– Mi hombre, Trevor, llegará pronto… seguramente mañana. Es londinense, pero ha estado conmigo durante mucho tiempo. Aunque ha estado aquí antes, necesitará ayuda para recordarlo todo.
– Será un honor ayudarlo y asistirlo en lo que pueda, su Excelencia.
– Bien -Royce se giró de nuevo hacia la ventana. -Puedes retirarte.
Cuando escuchó que la puerta se había cerrado, se apartó de la ventana y se dirigió al vestidor. Se desnudó y después se dio un baño; mientras se secaba con la toalla de lino que había dejado preparada junto a la palangana, intentó pensar. Debería estar haciendo una lista mental con todas las cosas que tenía que hacer, haciendo malabarismos con el orden en el que hacerlas… pero lo único que parecía capaz de hacer era sentir.
