
Royce la miró.
– ¿El estudio está en el mismo lugar?
– No se ha movido.
– Algo es algo, supongo.
Minerva inclinó la cabeza, y estaba a punto de marcharse cuando se dio cuenta de que, aunque la mano del duque estaba cerrada sobre el pomo, no lo había girado.
Estaba mirando la puerta.
– Por si te sirve de algo, hace más de una década desde la última vez que tu padre usó esa habitación.
Royce frunció el ceño.
– ¿Qué habitación usaba?
– Se mudó a la habitación de la torre oeste. Esta no se ha tocado desde que murió.
– ¿Cuándo se mudó allí? -Miró la puerta frente a él. -Desde aquí.
No era el papel de Minerva esconder la verdad.
– Hace dieciséis años -Por si no hacía la conexión, añadió: -Cuando volvió de Londres después de desterrarte.
El duque frunció el ceño, como si la información no tuviese sentido.
Eso hizo que Minerva se sorprendiera, pero contuvo su lengua y no dijo nada. Esperó, pero él no preguntó nada más.
Bruscamente, Royce asintió, despidiéndola, giró el pomo, y abrió la puerta.
– Te veré en el estudio dentro de una hora.
Con una serena inclinación de cabeza, Minerva se giró y se alejó caminando.
Y sintió su oscura mirada sobre su espalda, la sintió deslizarse desde sus hombros hasta sus caderas, y al final hasta sus piernas. Se las arregló para contener un escalofrío hasta que estuvo fuera de su precisa vista.
Entonces apresuró el paso, y caminó rápidamente, con determinación, hacia sus propios aposentos… la habitación matinal de la duquesa. Tenía una hora para encontrar una armadura lo suficientemente gruesa para protegerse del inesperado impacto del décimo duque de Wolverstone.
Royce se detuvo en el interior de los aposentos del duque, cerró la puerta y miró a su alrededor.
Habían pasado décadas desde la última vez que vio aquella habitación, pero esta apenas había cambiado.
