
Tom, que se había levantado para saludar a Fräulein Hannah y que aún seguía en pie junto a ella, declaró entonces que, incluso si mi hermano estaba enfermo, con más motivo inclusive si lo estaba, era indispensable que él mismo en persona, el propio Tom, subiese un momento a la habitación de mi hermano para darle el regalo que le había traído de Alemania. Todos, a excepción de tía Lucía, que encendió un pitillo, nos pusimos en pie al oír esto, y, encabezados por Tom, salimos al vestíbulo y emprendimos la subida hacia el dormitorio del -con toda seguridad- falso enfermo. De su bolsa de viaje había extraído Tom un fascinante objeto rectangular, una especie de caja envuelta en papel de plata color oro. Fernandito apareció al final de la escalera, en el descansillo, en pijama, con aire de acabar de levantarse de la cama en ese instante. Nada de esto causó en Tom el más mínimo efecto.
– Nimm! Ein Geschenk für dich, Das ist zu deinem siebsten Geburstag.
E hizo Tom una pequeña pausa para decir después solemnemente a la vez que entregaba el objeto a mi hermano:
– Zum Geburstag viel Glück.
Y todas coreamos un tanto cacofónicamente la conocida canción de cumpleaños. Fernandito parecía confuso, un aire ahora real y no fingido de sonámbulo. Sólo dijo:
– Como no sé lo que es…
Tom mismo abrió el paquete, que resultó ser un estuche de piel de Rusia en cuyo interior había una flauta de madera y una armónica. Tom se sentó en el arcón de madera negra que hay en el descansillo y, sin decir palabra, tomó la flauta e hizo sonar una melodía por toda nuestra casa, que de pronto pareció ahuecada como un gran odeón que recoge todas las sonoridades. Recuerdo la letra de esa melodía que nos enseñó Tom poco después: «What shall we do with the drunken sailor? What shall we do with the drunken sailor? What shall we do with the drunken sailor… early in the morning?» Aquella canción y la voz de Tom nos arrastró a todos, incluido Fernandito.
