
Quizá esto lo advertí mucho más tarde y lo incluí en mis recuerdos de Tom Bilffinger. Poseía, en cualquier caso, el difícil arte de relatar cualquier cosa sin interrumpir nunca el curso narrativo, no obstante nuestras interrupciones y preguntas. Aquella mañana se me ocurrió que Tom no sólo ocupaba más espacio que cualquiera de las personas que yo había conocido hasta la fecha, sino que se alzaba con análoga monumentalidad también en el tiempo. Acababan de llegar y de sentarse y parecía que llevaban ya horas con nosotros. Tom tenía esa capacidad que sólo algunos grandes actores tienen de no apresurarse nunca y sin embargo resultar siempre variados y fascinantes. Ni siquiera había deshecho su pequeña bolsa de viaje, que trajo consigo de casa de tía Lucía -es probable que tía Lucía, malhumorada por el madrugón, no le permitiera subir a la habitación para dejarla-, no miró el reloj ni una sola vez. A los catorce años, un hombre del aspecto de Tom, me parecía a mí que había de estar casi permanentemente ocupado: sólo los curas o algún profesor eran capaces de no impacientarse como él en una reunión. ¿Qué hacía Tom cuando no estaba con nosotros? ¿Sería verdad que nunca tenía prisa? ¿Sería cierto -como aseguró tía Lucía- que se había presentado en casa de improviso y para irse al día siguiente, con la intención única y exclusiva de celebrar el cumpleaños de mi hermano? Tranquilizaba el aroma de su tabaco de pipa, las pacíficas nubes que inconfundiblemente transfiguraban nuestra cocina en un reducido campamento de exploradores del Ártico. Mi madre dijo de pronto:
– ¡Pero si son casi las dos! ¿Dónde está Fernandito?
Como si la exclamación de mi madre fuera un ensalmo, Fräulein Hannah apareció en el hueco de la puerta.
– Wie geht es Ihnen, Fräulein Hannah?
– Sehr gut, danke, Herr Bilffinger. Und Ihnen?
El sonido de la lengua alemana, comprendida sólo a trozos, forma parte de mi niñez. Y estas sencillas frases tienen para mí la calidez formalizada del comportamiento social perfecto. Fräulein Hannah había bajado para decirle a mi madre que se encontraba indispuesto Fernandito, le dolía la barriga.