Tía Lucía siempre enfatizaba -y mi madre asentía discretamente a esto- que no estaba tía Nines loca, sino tan cuerda como cualquiera de nosotros. Y la prueba estaba en que, cuando la encontraron sin vida una mañana, tenía abiertos y elocuentes sus dos ojos, tenazmente clavados en el cielo raso de su habitación con lavabo individual, con un aire de paz y confianza en lo que la esperaba en la otra vida.

En esta vida, en cambio, no esperó tía Nines gran cosa. Y por eso se llevó la gran sorpresa cuando, sin esperarla, se le vino encima la oportunidad de ser feliz. Había transcurrido su vida lentamente hasta que Indalecio apareció. Se enamoraron, iban a casarse, fue visto y no visto. Y repentinamente se acabó.

Violeta y yo lo hablábamos todo en el dormitorio hasta las tantas sin encontrar la solución: que hubiera una solución y que hubiera que encontrarla a aquellas alturas del trágico suceso, con tía Nines instalada en las Adoratrices, no era una actitud que compartíamos Violeta y yo. Hablar de tía Nines parecía no tener para Violeta más finalidad que el hablar mismo. En cambio yo -quizá por ser dos años mayor- hablaba para modificar la triste situación. Pero era triste justo porque no podía modificarse, y por eso se habló de ello tanto aquel invierno: porque, al hablarlo, lo triste, más que entristecer, ennoblecía, embellecía la propia situación. Era todo ello estimulante a fuerza de ser triste no sólo en líneas generales sino también detalle por detalle: así, era tristísimo en concreto que ni siquiera fuese tía Nines hermana de mi madre y tía Lucía, hija de mi abuela y de mi abuelo como ellas. Era hermanastra nada más, hija de mi abuelo y la persona cuyo piso utilizaba en sus viajes a Madrid. A raíz del accidente de Indalecio, Violeta y yo supimos este dato, ignorado hasta entonces porque desde mucho antes de que empezaran a fijarse mis recuerdos, siempre llamamos tía Nines a tía Nines y siempre vivió en casa.



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