En la sala hay una foto donde están las tres, sentadas en la terraza de delante con la abuela, que se puso de perfil para subrayar su perfil griego. Tía Nines sobresale un poco entre sus dos hermanas, es algo más alta -es una foto antigua-, peinada de otro modo, vestida de otro modo, más severamente, como si fuera la mayor, siendo sin embargo la más pequeña de las tres.

¡Cómo corría Indalecio por la playa! Encantó a todo el mundo aquel verano. También a nosotras dos, que íbamos corriendo nada más verle de lejos bajar cada mañana a la playa, con el pretexto de preguntarle qué hora era, sólo por oírle decir: «¿Os vais ya a casa?» Era emocionante contestar casi a coro: «Todavía no porque aún es pronto, solemos irnos a las tres.» E Indalecio nos llevaba de la mano, una a cada lado, colgando, rozando la arena sólo con un pie, cosa que le servía de pretexto para acercarse a nuestro toldo y llevarse a tía Nines de paseo, playa abajo, hasta el morro donde acaba el arenal y son las rocas grandes. Volvían despacísimo después, los dos mirando fijamente al suelo, los dos los pasos dándolos a un tiempo. Era emocionante verles irse y dejar de verles y volver a verles, retrasándose a ojos vistas hasta las tres pasadas.

Indalecio era un buen chico, era invencible: sólo el mar pudo con él. El mar traiciona siempre, no hay mar fácil. Indalecio se ahogó por no tenerlo en cuenta, por dejarse contagiar de las ocurrencias que saca el mar a relucir y que no parecen ocurrencias del mar sino del hombre. Cuanto más inflamado y verdoso, cuanto más locuaz parece, más mudo se vuelve y más mortal una vez dentro. Indalecio conocía el mar muy bien y de nada le valió. Tenía un balandro blanco con el foque rojo vivo para que, por lejos que se fuese, regateando, se le pudiese distinguir a simple vista de todos los demás desde el mirador de nuestra casa: dando largas cambiadas para aprovechar mejor el viento, el firmamento, la regata, la luz azul de la alta mar y del verano, la aventura.



5 из 246