
Más adelante le pedía una reunión en Barcelona. No se reciben todos los días cartas así. «La Pastora», ése era el artículo que había interesado al francés. Comprensible en realidad, porque quizá era lo único interesante que había escrito y publicado. Sus colaboraciones esporádicas como periodista libre nunca trataban temas demasiado apasionantes: «Setas venenosas», «Boxeadores españoles», «Coleccionistas de automóviles de época»…; tampoco podía correr el riesgo político de escribir sobre asuntos más incisivos. Se ganaba la vida o, mejor dicho, ganaba lo justo para vivir. Con «La Pastora» había bordeado el territorio de lo peligroso. En todas las comisarías de Barcelona estaba colgada la foto identificativa de aquella mujer, la única que existía. Era una imagen impactante y extraña. En ella aparecía la retratada de medio cuerpo, vestida de negro, con un rostro duro y regular, de ojos gélidos. El policía que le ayudó en la documentación hizo algo sorprendente. Tomó un papel y tapó verticalmente la mitad de la cara de la bandolera: la parte visible pertenecía sin duda a una mujer. Luego desplazó el papel a la otra mitad, y lo que se veía era un hombre. Naturalmente, para que su artículo pasara la censura, tuvo que atenerse a la versión oficial que circulaba sobre La Pastora y llenarlo de expresiones rotundas: «una mujer sin entrañas», «un ser violento y despiadado», «la autora de incontables crímenes atroces», «una hiena sedienta de sangre»… Cuando acabó de escribirlo se dio cuenta de que, en realidad, no sabía gran cosa sobre el personaje. Poco podría pues contarle al tal Nourissier aparte de lo que parecía haberle fascinado. Pero no importaba, aquella cita pondría una cierta emoción en su vida miserable. ¡Tenía un admirador extranjero!; pocos estaban en situación de afirmar lo mismo en aquel país cerrado al mundo.
