
Se arregló con esmero. Su vestuario no ofrecía muchas posibilidades entre las que escoger, pero procuró que su camisa estuviera limpia, los pantalones bien planchados. A las once salió a la calle, caminó sin prisa. En los alrededores de la Plaza de Cataluña, la gente se movía al impulso de sus propios problemas. Nadie daba la sensación de estar paseando o disfrutando de la ciudad, sino de desplazarse de uno a otro lugar con la determinación indiferente que impone la rutina. Infante lanzaba a los ciudadanos miradas desdeñosas: funcionarios, comerciantes, militares, amas de casa…, una fauna repetida hasta el asco que parecía haber muerto en vida. Al menos él no pertenecía a ningún grupo reconocible sino que iba solo por el mundo, sin más.
La cita se había acordado en el bar Zurich, sentados en el interior si llovía, en la terraza si lucía el sol. Escogió una mesa en la que no pudiera verse observado en exceso por los transeúntes. Espantó con un amplio gesto de la mano a las palomas que asediaban su espacio. Se había provisto de un periódico, convencido de que debería esperar: no es lo mismo quedar con alguien que vive en la ciudad que con un tipo que llegaba aquel mismo día desde París. Pero se equivocó; apenas habían pasado cinco minutos de las doce, cuando estuvo seguro de haber avistado a Nourissier entre la gente. Nadie sino un extranjero podía llevar la boina colocada de aquel modo: ladeada, ligeramente inclinada sobre la frente, como un actor o una mujer. Lo observó un momento: era alto, bien parecido, levemente pelirrojo, vestido con ropa demasiado invernal. Vio cómo se paraba ante las mesas y paseaba la vista por ellas como si estuviera hipnotizado. Infante se levantó y fue hacia él, interceptando su ángulo de visión.
