Mi señora preguntó:

– ¿Hay quien le lleva sus perros como otros mandan los chicos a la escuela? Los pobrecitos ¿lloran la primera mañana?

– Mi escuela forma guardianes -contestó gravemente Standle.

– Vamos por partes -dijo don Martín-. Para eso no es necesaria mucha ciencia. Con un collar y una cadena, a usted mismo lo convierto en perro de guardia.

– La escuela va más lejos -replicó Standle.

Mi suegro, tan hosco habitualmente, objetaba para mantener el principio de autoridad, pero no por convicción. En realidad, escuchaba embelesado y, cuando el reloj de cuco sonaba, aparentemente no lo oía. ¿Para qué negarlo? Suspendidos de la palabra del profesor estaban todos, menos la vieja Ceferina, que por sordo encono a mi señora y a su familia se mantenía apartada y, bajo una risita de menosprecio, escondía su vivo interés.

Vaya a saber por qué yo me sentí abandonado y triste. Menos mal que Adriana María, mi cuñada -se parece a mi señora, en morena – se compadeció de mí y en ocasiones me preguntaba si no quería otra sidra.

El profesor continuaba:

– No le devolvemos al amo un simple animalito amaestrado. Le devolvemos un compañero de alta fidelidad.

Al oír estas pesadeces yo ni remotamente sospechaba sus terribles consecuencias. Le aseguro que a mi señora le afectaron el juicio. No hablo como alarmista: usted ha de saber, porque todos en el pasaje lo saben, que ya de soltera a Diana la internaron por lo menos dos veces. Concedo que al principio de la conversación abordó el tema de los perros con aparente calma, hablando en voz baja, lo más bien, como quien se contiene.

– En una casa con jardín -opinó, pensativa- un perro es conveniente.

– En sumo grado -sentenció el alemán.

No asentí, pero tampoco negué. Mucho me temo que esa moderación de mi parte alentara a mi señora. Por el mal camino, desde luego. Aspectos diversos del mismo asunto (los perros, la escuela), alimentaron la conversación hasta muy altas horas.



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