
Aclaro que, hasta últimamente, las peores cosas habían sido peleas con Diana y ataques de celos por deslices que no existieron sino en mi imaginación.
Usted le dará la razón a mi señora, dirá que estoy muy interesado en lo mío, que no me canso de explicar lo que siento.
En la carta que le llevó la señorita Paula, no le detallaba nada. Después de leerla, ni yo mismo quedé convencido. Me pareció natural, pues, que usted no me respondiera. En esta relación, en cambio, le explico todo, hasta mis locuras, para que vea cómo soy y me conozca. Quiero creer que usted pensará, en definitiva, que se puede fiar en mí.
VI
Aquella noche del cumpleaños, el profesor Standle, hablando de perros, acaparó la atención del auditorio. Era notable cómo se interesaban los presentes, no sólo en el aprendizaje del perro, sino en la organización de la escuela. Yo soy el primero -si el profesor no miente en reconocer los resultados de la enseñanza, y no le voy a negar que por el término de uno o dos minutos me embobaron esas historias de animales. Mientras otros hablaban de las ventajas y desventajas del collar de adiestramiento, me dejé llevar por la pura fantasía y en mi fuero interno me pregunté si asistía la razón a quienes niegan el alma a los perros. Como dice el profesor, entre la inteligencia nuestra y la de ellos, no hay más que una diferencia de grado; pero yo no estoy seguro de que siempre esa diferencia exista. Algunos alumnos de la escuela se desenvuelven -si me atengo a los relatos del alemán- como seres humanos hechos y derechos.
La voz del señor Standle, un zumbido de lo más parejo y serio que se puede pedir, me despertó de la ensoñación. Aunque no entiendo el porqué, esa voz me desagrada. El individuo exponía:
– Educamos, vendemos, bañamos, cortamos el pelo y hasta montamos el más lindo instituto de belleza para pichichos de lujo.
