No sé por qué estas palabras provocaron en mi señora una especie de risa descompuesta, que resultaba penosa y que no terminaba. Conversamos de perros hasta que el individuo -a horas en que uno siente culpa de seguir despierto- dijo que se iba. Si no me pongo firme lo acompañamos hasta la escuela. De todos modos hubo que salir a la puerta de calle.

Cuando entramos hallé la casa destemplada, pasada de olor a tabaco y triste. Diana se dejó caer en un sillón, se acurrucó, se abrazó una pierna, apoyó la cara contra la rodilla, quedó con la mirada perdida en el vacío. Al verla así me dije, le juro, que yo no podría vivir sin ella. También, estimulado por el entusiasmo, concebí pensamientos verdaderamente extraordinarios y me dio por preguntarme: ¿Qué es Diana para mí? ¿su alma? ¿su cuerpo? Yo quiero sus ojos, su cara, sus manos, el olor de sus manos y de su pelo. Estos pensamientos, me asegura Ceferina, atraen el castigo de Dios. Yo no creo que otra mujer con esa belleza de ojos ande por el mundo. No me canso de admirarlos. Me figuro amaneceres como grutas de agua y me hago la ilusión de que voy a descubrir en su profundidad la verdadera alma de Diana. Un alma maravillosa, como los ojos.

La misma Diana me arrancó de estas reflexiones, cuando se puso a fantasear y dijo que íbamos a tener un perro que nos acompañara y nos entendiera como un prójimo. Usted hacía de cuenta que escuchaba a una criatura. Para peor, Diana hablaba a tal velocidad que si yo no me apuraba en protestar, sus afirmaciones quedaban perdidas a lo lejos y yo debía cargosearla para que desandara camino y las discutiéramos. Además, estaba tan nerviosa (y me gustaba tanto) que, para no contrariarla, muchas veces no la desengañé. Si la hubiera contrariado, pobre de mí. Es muy severa cuando se enoja y le aseguro que no hace las paces hasta que uno prácticamente se arrastró como gusano y le pidió hasta el cansancio perdón. Apenas me atreví a observar:



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