– Ceferina dice que hay algo monstruoso y muy triste en los animales.

– Cuando yo era chica quería tener un jardín zoológico -contestó Diana.

– Ceferina dice que los animales, a lo mejor, son gente castigada con la maldición de no poder hacer uso de la palabra.

Fíjese cómo es mi señora. Hasta en su locura se muestra vivaracha y tiene contestación para todo. Me preguntó:

– ¿No oíste lo que dijo el profesor Standle?

– Oí demasiado.

Insistió sin perturbarse:

– De los perros que hablan.

– Francamente, ese disparate se me pasó por alto.

– Estabas destapando una botella de sidra. Contó que otro profesor, un compatriota suyo, enseñó a un perro a pronunciar tres palabras en perfecto alemán.

– Un perro ¿de qué raza? -pregunté, como un idiota.

– Recuerdo la palabra Eberfeld. No sé decirte si es la raza o la ciudad donde vivían o el nombre del profesor.

Muchas debilidades tuve esa noche y todavía las pago.

VIII

Toda la noche me acompañó la aflicción. Pensando tristezas me desvelé y, cuando oí el gallo que tiene Aldini en el patio del fondo, me dije que al día siguiente iba a estar cansado y que la mano temblaría en los relojes. Por fin me dormí para soñar que perdía a Diana, creo que en la Avenida de Mayo, donde nos habíamos encontrado con Aldini, que anunció: "Los aparto por un instante, para decirte un secreto sin ninguna importancia". Muy sonriente hacía el ademán de apartarnos y enseguida me apuntaba con un dedo. El carnaval desembocó entonces en la avenida y la arrastró a Diana. La vi perderse entre máscaras disfrazadas de animales, que incesantemente pasaban, con el cuerpo a rayas de colores como de cebras o de víboras y con la cabeza de perro en cartón pintado, de lo más impávida. No me creerá: todavía dormido, me pregunté si mi sueño era un efecto de lo que sucedió o un anuncio de lo que iba a suceder. Tampoco me creerá si le digo que, despierto, seguía en la pesadilla.



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