
De repente grité: "No puedo hacerle eso". No podía entrar en arreglos, a sus espaldas, con un desconocido, para internarla. Yo no me lo perdonaría; ella, créame, tampoco. Se me ocurrieron planes descabellados. Proponerle que esa misma noche nos fuéramos a pasar una semana en un recreo del Tigre (el tiempo no era aparente) o que nos largáramos a Mar del Plata o a Montevideo, a probar la suerte en el casino.
Claro que si Diana me preguntaba "¿Por qué no esperarnos a mañana por la mañana, por qué salimos en medio de la noche, como si nos escapáramos?" yo no tendría contestación.
No me acuerdo si le dije que mi señora es muy valiente. Desde ya que guardaba un mal recuerdo del sanatorio donde la encerraron de soltera y que la pobre contaba conmigo para que la defendiese de cualquier médico o practicante que asomara por casa, pero si hubiera sospechado que yo le proponía la fuga, aparte de llevarse una desilusión y despreciarme sin remedio, por nada me hubiera seguido, aunque supiera que a la mañana siguiente venían a buscarla. Lo que va de una persona a otra: hasta ese momento yo no me había parado a considerar la posibilidad de que alguien interpretara mis planes como un intento de fuga. Mi única preocupación había sido la de salvar a mi señora.
Es verdad que si me apura un poco le voy a reconocer que me comprometí a entregar a mi señora para no quedar mal en la conversación. Le agrego, si quiere, un agravante. Cuando el profesor se retiró de mi vista, ya no me importó quedar bien o mal y me admiré de la enormidad que yo había consentido. Pobre Diana, tan confiada en su Lucho: en la primera oportunidad usted ve cómo la defendió. Aunque ella no me quiera tanto como yo la quiero, estoy seguro de que por imposición de nadie me abandonaría así… La entereza y el coraje de mi señora me asombran y en momentos difíciles, como los que estoy pasando, me sirven de ejemplo.
