– No invités más que a la familia -le supliqué. En casa, la familia es la de mi señora.

Como se trataba de mi cumpleaños por fin cedió y lo celebramos en la intimidad. Créame que me costó convencerla. Es muy amiga de las fiestas.

La noche del cumpleaños vinieron, pues, don Martín, Adriana María, mi cuñada, su hijo Martincito y -¿a título de qué? me pregunto- el alemán Standle.

A don Martín lo habrá visto por el jardín de casa con la azada y con la regadera. Es muy amigo de las flores y de toda clase de legumbres. Usted seguramente lo tomó por uno de esos jardineros a destajo. Si es así, mejor que mi suegro no se entere. A todos, en la familia, los aflige la soberbia de la sangre, desde que un especialista que atendía en un quiosco en la Rural, les contó que descienden en línea recta de un Irala que tuvo un problema con los indios. Don Martín es hombre morrudo, más bien bajito, calvo, de ojos celestes, notable por los arranques de su mal carácter. No bien llegó reclamó mis pantuflas de lana. No se las puedo negar, créame, porque se le volvieron una segunda naturaleza; pero cuando lo veo con las pantuflas le tomo rabia. Usted pensará que un individuo que se le apropia de las pantuflas, aunque sea por un rato, lo hace en prenda de algún sentimiento de amistad. Don Martín no comparte el criterio y, si me habla, es para ladrarme. Debo reconocer que en la noche de mi cumpleaños (como todo el mundo, salvo yo) se mostró alegre. Era la sidra. Amén, desde luego, de los ingredientes del menú: abundantes, frescos, de la mejor calidad, preparados como Dios manda. En casa habrá muchas fallas, pero no en lo que se come.

Permítame que deje el punto debidamente aclarado: siempre Diana presumió de buena mano en la cocina. Un mérito de reconocido peso en el hogar. Sus pastelitos rellenos de choclo son justamente famosos en la intimidad y aun entre la parentela.

Cuando terminó el Noticiario Deportivo, don Martín apagó la televisión. Martincito, que berrea como si imitara a un chico berreando, exigió que la encendiera de nuevo. Don Martín, con una calma que asombró, se descalzó la pantufla derecha y le aplicó un puntapié. Martincito chilló. Diana lo protegió, lo mimó: se desvive por él. Tronó don Martín:



9 из 145