
– A comer se ha dicho.
– ¿Adivinan la sorpresa? -preguntó Diana.
En el acto manifestaron todos un alboroto inconfundible. Hasta Ceferina, que es tan peleadora e intransigente, participó en esa pequeña representación, nada fingida por lo demás. Diana pone en su trabajo no menos amor propio que buena voluntad, de modo que no va a admitir que los pastelitos le salgan mal o caigan pesados.
En casa, a cada rato, se oye alguna campanada de los relojes de pared que están en observación. A nadie le irrita, que yo sepa, el alternarse de los carillones, frecuentes pero armoniosos; a nadie salvo a Diana o a don Martín. Cuando sonó un reloj de cuco, don Martín se encaró conmigo y gritó:
– Que se calle ese pájaro porque le voy a torcer el pescuezo. Diana protestó:
– Ay, papá. Yo tampoco aguanto los relojes, pero el de cuco es lo que se llama simpático. ¿No te gustaría vivir en su casita? A mí, sí.
– A mí los relojes que más rabia me dan son los de cuco -dijo don Martín, ya un tanto calmado por Diana.
Como yo, la quiere con locura.
Martincito comió del modo más repugnante. Por toda la casa dejó rastros de sus manos pegajosas.
– Los niños del prójimo son ángeles disfrazados de diablos -comentó Ceferina, con esa voz que le retumba-. Dios los manda para probar nuestra paciencia.
Confieso que en ningún instante de la noche sentí alegría. Quiero decir verdadera alegría. Tal vez yo estaba mal preparado por un presentimiento, porque a los cumpleaños y a las fiestas de Navidad y de Año Nuevo, desde que tengo memoria, las miro con desconfianza. Procuro disimular, para no estropearle a mi señora celebraciones que ella aprecia tanto, pero seguramente me preocupo y estoy mal dispuesto. Justificación no me falta: las peores cosas me sucedieron en esas fechas.
