Con un gesto hábil empuja firme el escroto y mira fijamente a Alfredo. Sus dedos están mojados, su entrepierna también, cae agua, crema, helado de vainilla derritiéndose a cucharadas. El líquido continúa cayendo sobre su mano, alrededor de sus muslos, y ella empieza a reír mucho mientras Sandra Bullock hace lo mismo en la pantalla del dvd de su asiento. Alfredo la besa en el oído, le acaricia el pelo por la nuca, deja correr sus dedos por sus muslos mojados y los aprieta en un gesto lleno de cariño y deseo. Comienza a moverlos otra vez con el empuje de un tren que va avanzando y retrocediendo y llegando muy adentro, deteniéndose a la mitad del camino, regresando a la estación y recogiendo algo más de ese líquido que resbala para volver luego a avanzar tras calentar sus máquinas. Hace que se corra y Patricia saborea cada minuto, todo es verde y azul en la cabina, como si los ojos de Alfredo y ella se convirtieran en techo, ventana, alfombra, admirándola y sonriendo, parpadeando y sonriendo, y ella estuviera en mitad del salón bailando con pasitos cortos, acariciándose la melena, mirándole, girando y girando. Alfredo saca su mano de debajo de la manta y se lleva los dedos hacia su cara, lentamente, dejándolos resbalar por debajo de su nariz para aspirar ese olor de ella, un código para su amor.


Patricia consigue entrar, conteniendo una risa floja, en el baño de primera clase. Pasa el pestillo, se mira en el espejo. Está despeinada, siempre está más o menos despeinada, le sienta bien, la boca muy roja, como si en vez de estar riendo se hubiera mordido los labios conteniendo el orgasmo. Los ojos alborotados. La barriga plana pero moviéndose a su aire, todavía agitada por el juego dactilar de Alfredo. Puede verse los muslos, esas piernas delgadas, contorneadas gracias a la hora de maratón diaria y a los paseos en bicicleta hasta Connecticut. Son totalmente visibles las manchas que ha dejado su orgasmo a mil pies de altura.



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