
Y arranca de inmediato el tren de pensamiento de alta velocidad: los dedos de Alfredo en su vagina, recorriéndola como si fuera un ascensor lleno de botones. Un tazón de gominolas de todos los colores, una selección de
dim sum humeantes. La pasta de uno de sus raviolis rellenos, ese dedo haciendo círculos sobre el montoncito de harina que parecía una teta, una isla-teta. Un beso venía ahora, Alfredo se le acercaba, cubriéndola con su brazo libre y besándola con la misma fuerza con que apretaba sus yemas contra las paredes de su sexo. Ahora al fin, gracias al cambio de postura, podía alcanzar su erección. Se separaba del beso y arrancaba a reír y Alfredo le indicaba que bajara el tono de esa risa, se notaba demasiado que no era ni por la película ni mucho menos por viajar en primera clase. La azafata vuelve a pasar y de nuevo les ofrece más vino. «Sancerre, por favor, no podemos más con el Verdejo», solicita Alfredo impasible, y la azafata le dedica una sonrisa inédita en las costumbres y el carácter de las profesionales de su línea aérea. Para Alfredo nunca hay puertas cerradas. La mano se ha quedado quieta, Patricia tiene lágrimas en los ojos, saca una mano de debajo de la manta y levanta la ventanilla. Solo hay mar oscuro. Sandra Bullock está hablando con un hombre guapo y ojijunto, como todos los actores de las películas de Sandra Bullock y nunca tan guapo como Alfredo. La azafata llega con las bebidas solicitadas, se las sirve y se marcha sonriéndole una vez más a Alfredo como si ella fuera la única mujer capaz de percibir su belleza. Puta, piensa Patricia, que siempre opina lo mismo de ese tipo de mujeres y sus miradas. Pero entonces los dedos de Alfredo vuelven a la carga y toman, como quien quita una uva de su cepa, como quien sostiene un pendiente en el lóbulo, como quien atrapa una nuez entre sus dedos, su clítoris. Tiene que gritar y ahoga su voz y consigue apretar ella también los testículos gordos de su amor y los coloca sobre la parte interior de sus cuatro dedos, el pulgar libre para acariciarlos suavemente.