
– Le he preguntado por los sobres -continúa la negra con indudable acento neoyorquino pero en castellano-. ¿Enviará esos también?
Los sobres son cinco. Las direcciones son más bien siglas, pero los países no pueden disimularse. No se puede escribir Aruba de otra forma. Ni Liechtenstein de otra. Pero, gracias a que Patricia piensa muy bien estas cosas, en esos sobres no figuran direcciones de bancos, sino de personas, aunque el destino final sean los primeros.
– Se me ha ido el santo al cielo -dice, muy castiza-. Rezo para que no se pierdan.
– US Postal Service jamás extravía. Enviaba cartas a mi padre todos los días a Colombia en los años noventa -sentencia la negra.
Patricia asiente y muestra su famosa sonrisa Patricia, dientes tan blancos y limpios que parecieran que jamás han probado carne alguna. Con la mirada sin emociones de la negra puesta en ella, Patricia revisa también la caligrafía y las direcciones de esos cinco sobres. Graziella van der Garde, que aunque lleve el mismo apellido, no es ella, en el sobre de Liechtenstein. Patricia v.d.G. en el de Aruba y tan solo un código postal. Las otras direcciones son menos evidentes: Río de Janeiro a nombre de María Jesús Cobo y una dirección en el barrio de Lagoa; la dirección de un banco en Londres y debajo de un nombre novelesco, «2monstersgether», una dirección más, de un barrio de Newtown, en Edimburgo.
– Muchos amigos -expone la negra.
– Sí, muchos -responde afable Patricia.
– Espero que no esté la última en subirse a un aeroplano -continúa la negra, ahora sí equivocándose a propósito en la elección de palabras.
