– No, tenemos un retraso -dice al final Patricia con la voz de niña educada que siempre emplea cuando quiere algo de alguien.

– Son treinta y dos dólares en total.

Patricia abre su bolso. Es bueno, pero sin marca, la negra observa. A todas las mujeres les interesa un bolso, concluye Patricia. El monedero también es muy bonito, japonés, tiene ganas de decirle. Extrae el cambio exacto. Patricia siempre tiene cambio exacto. Y se miran por última vez, la funcionaria dibujando una sonrisa que de inmediato se desdibuja y Patricia alejándose con un perfecto «Gracias, un placer», en castellano.

CAPÍTULO 2

POPEA AL FONDO DEL MAR

Un fallo en el motor del avión de la aerolínea británica los ha terminado por sentar en la aerolínea española. Todas pertenecen a la misma alianza, bautizada como «One World». Nunca existe un solo mundo. O, a lo mejor, si colapsa este que conoce, sí que empiece a existir uno solo donde todo esté perfectamente relacionado. Una peripecia provocará otra y una catástrofe será seguida por otra y una salvación por la siguiente, y los milagros acumulándose para estallar en múltiples repeticiones. Todo está conectado, Patricia, le repite esa misma voz, mitad hombre, mitad mujer mayor. Como en un menú, una entrada es seguida por un principal y de final un postre. Nada puede variar algo tan sencillo.

No hay casi británicos en el pasaje, lo lógico a esperar en un avión Nueva York-Londres. La mayoría son españoles, cargados de bolsas de Abercrombie & Fitch que comentan con aspavientos lo tirado que está el dólar. Peor aún, seis o siete han reconocido a Alfredo, «Ostras, el tío que les da de comer bien a los americanos». Se han hecho fotos y ella se ha refugiado en su larga melena. Está demasiado bien vestida como para dejarse fotografiar por freakies de la gastronomía.



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