– Porque Nueva York está a rebosar de españoles. Queremos ir a una ciudad donde no haya españoles -recuerda Patricia haber respondido. Su hermana la miró como si se le hubiera ocurrido vomitar sobre su mejor vajilla durante una de sus cenas para cautivar nuevos inversores.

– ¿Estás hablando en serio? -preguntó Manuela.

– Sí, totalmente. Por eso hemos escogido Londres.

– Allí también hay españoles, Patricia. No me jodas.

– Pero no se quedan. Les asusta el clima. Llegan y lo primero que dicen es que no pueden con la lluvia y la falta de sol. Se quejan de la comida, de los horarios de los restaurantes. Londres les irrita. Vienen, van a las tiendas y todo les parece caro y al final regresan al sol de España, a la tortilla y al vino y al gin tonic a cualquier hora. Por eso nos vamos. Bye Bye, New York. Hello, welcome, London.

Patricia recuerda la frase completa, incluso cómo decidió terminarla con un brazo en alto, a lo Liza Minelli, y una sonrisa que fue apagándose ante la cara ofuscada y molesta de su hermana mayor.

– Te estás quedando conmigo -recuerda que bufó ella.

– Es una aventura, Manuela. Alfredo y yo vamos a iniciar una aventura, eso es todo. Siempre quieres explicaciones y esta es la mejor que tengo: Nueva York está lleno de españoles, nadie habla inglés anymore sino una mezcla absurda de los dos idiomas que parece una lucha intestina: cada lengua mordiendo a la otra para que al final no se hable ninguna. Necesitamos volver a Europa, Alfredo lo siente así y yo le acompaño, como he venido haciendo desde hace ya diez años.

– Doce -le corrigió su hermana-. O te has vuelto loca o todavía disfrutas tratando a los demás como si fuéramos más idiotas que tú, solo que creo que esta vez no puedes sostenerte un segundo más con una explicación tan absurda como esa.



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