
– Vamos a aprovechar la convención de mix mixers, donde a Alfredo lo reciben cada año como si fuera Dios. Y entonces, en vez de regresar, nos quedaremos. Alfredo tiene cita con los inversores, está casi cerrado; nada más llegar tendremos llave en mano un maravilloso local entre Knightsbridge y Chelsea. Es una calle preciosa y, si sale bien, generará también un centro culinario.
– Un centro culinario en Londres es perder el tiempo. Todo el mundo dice que no hay dinero, Patricia, que se acabó el sueño.
– Tú siempre tan pesimista. Ellos apuestan por nosotros, tenemos cerrados ya mil detalles del proyecto. Será llegar, inaugurarlo, ponerlo en marcha y listo. No es tan complicado… Los ingleses se vuelven locos con Alfredo. Además, no tenemos hijos, podemos movernos de aquí para allá.
Alfredo empezó su carrera como mix mixer cuando todavía se le llamaba barman. Su físico, sus brazos y dientes le ayudaron mucho. Programas de televisión y una pasantía muy breve pero explotada al máximo en el restaurante del Innombrable, hicieron de Alfredo Raventós, el nuevo prodigio de la cocina española. O, para otros, el niño mimado, el eterno aspirante al puesto de segundo mejor chef innovador de toda España. Fuera de España sería el rey de las cacerolas en Manhattan, el cocinero más guapo o el «gorrito sexy», como le describieron una vez en una revista de modas y, al leerlo, Patricia supo que ese nombre le perseguiría para siempre. Tan pocos años, en realidad, y tantos nombres ya, tantos viajes, tanta información.
Patricia se dejaba llevar por un nuevo tren de pensamiento, como llamaba, tomando prestado del inglés, a sus ofuscaciones. Si pudiera ir también hacia atrás, se encontraría igual de rubia y delgada trabajando para un experto relaciones públicas de Barcelona y divirtiéndose con las locuras de David, el hermano de Alfredo, insuperablemente gay, indiscutiblemente menos guapo que su hermano heterosexual, castigado por esta cruel indelicadeza de la naturaleza.
