En la entrada había un niño rubio, que sólo le llegaba a la cadera. El niño levantó la mirada, turbado, hacia ese extraño alto, y con gesto tímido se metió un dedo en la comisura de la graciosa boca. En el pecho de Rye explotó una catarata de emoción: «¡Jesús, un hijo! ¡Tengo un hijo!”».

Buscó a Laura con mirada inquisitiva, pero ella la eludió.

– ¿Dónde has estado, Josh?

«¡Josh!, -pensó Rye, jubiloso-, ¿abreviatura del nombre de mi padre, Josiah?»

– Esperando a papá.

El pánico la invadió. Se le secó la boca, y las manos se le humedecieron. ¡Tendría que habérselo dicho a Rye de inmediato! Pero, ¿cómo se hacía para decir algo semejante?

El rostro del hombre, iluminado de alegría hacía segundos, pronto perdió la sonrisa cuando miró a su esposa con expresión interrogante. Laura sintió que la sangre se le agolpaba en las mejillas y abrió la boca, dispuesta a decirle la verdad, pero antes de que pudiese hacerlo, unos pasos hicieron crujir el sendero de conchillas y un hombre de complexión cuadrada entró por la puerta. Llevaba un atuendo muy formal: levita de puntas rectas, corbata blanca de lazo, y pantalones de sarga estirados de manera impecable entre sujetadores ocultos y las tiras que pasaban por debajo de los zapatos. Se quitó una lustrosa chistera de castor y la colgó del perchero que estaba junto a la puerta con un movimiento que denotaba hábito. Sólo entonces levantó la vista y vio a Laura y a Rye inmóviles como estatuas, ante él. La mano que se dirigía a la fila de botones de la chaqueta cruzada se detuvo en mitad del movimiento.

Laura tragó saliva. El rostro del hombre que estaba en la entrada palideció de pronto. La mirada de Rye voló desde el atildado sujeto al sombrero de castor que colgaba del perchero, y otra vez al hombre. El silencio era tan espeso que el ruido del estofado hirviendo en la olla pareció tan atronador como el rugir del viento del Noreste.

Un horrible temor atenazó a Rye, un temor mucho más intenso que cualquiera que hubiese experimentado rodeando el cabo de Hornos, en las bocas de dos océanos que se debatían entre sí y amenazaban con destrozar el barco.



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