Lo alisó, «¡ah, por lo menos esta vez…!», incapaz de resistirse a ese ademán familiar, que tantas veces había hecho en el pasado. Y tocándole el cabello, se perdió en sus ojos, esos ojos que la habían perseguido cuando lo creyó muerto. Bastaba con que observara el cielo de pie en el umbral, en un día despejado, para recordar el color de los claros e inquisitivos ojos de Rye Dalton.

Apartó la vista de ellos, martirizada por todo lo que él había sufrido, por lo que aún le quedaba por sufrir, aunque no tenía la culpa.

Antes de su partida, habían sostenido una ardua discusión, y Rye le prometió ir en el ballenero por última vez, para volver con su «apuesta» -su parte de la ganancia-, y lograr así una situación acomodada. Laura le había rogado y suplicado que no fuese, que se quedara a trabajar en la tonelería allí, en Nantucket, con su padre. Las riquezas no le importaban demasiado. Pero él insistió en que haría un viaje más… sólo uno. ¿Acaso no comprendía qué cuantiosa era la parte de un tonelero si llenaban todos los barriles? Laura esperaba que él estuviese ausente unos dos años y, al principio, se hizo a la idea de una ausencia de esa duración. Pero los balleneros de Nantucket ya no podían llenar los barriles cerca de la patria. Todo el mundo necesitaba aceite de ballena, huesos, como le llamaban a las barbas de ballena, y ámbar gris, sustancia cerosa que se usaba para fabricar perfumes; los que buscaban esos productos en alta mar tenían cada vez más dificultades para encontrarlos.

– ¡Pero… cinco años! -gimió.

Rye volvió a cercarle la cara con las manos, y dijo:

– No lamento haberme ido, Laura. ¡El Omega casi se desbordó! ¡Llenó las bodegas! ¡No sabes lo ricos…!

Pero en ese momento interrumpió una voz infantil:

– ¿Mamá?

Laura saltó hacia atrás y se apoyó una mano sobre el corazón, que le martilleaba.

Rye giró sobre sus talones.



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