Rye Dalton tragó con dificultad.

– ¿Has venido a almorzar con Laura? -le preguntó al amigo.

– Sí, yo… -Le tocó a Dan tragar saliva, y no supo dónde poner las manos.

Los dos apelaron en silencio a la mujer, que tenía los dedos apretados ante sí. En la habitación había la misma nube ominosa que presagia el anuncio de la muerte de alguien, pese a que, en este caso, se debía al anuncio de que Rye Dalton estaba vivo.

Laura, con voz ahogada y las mejillas ardiendo, se frotaba las palmas:

– Rye, nosotros… nosotros creímos que estabas muerto.

– ¿Nosotros?

– Dan y yo.

– Dan y tú -repitió sin expresión.

Laura buscó con la mirada la ayuda de Dan, pero él estaba tan mudo como ella.

– ¿Y? -espetó Rye, mirando de uno a otro, sintiendo que su pánico crecía a cada minuto que pasaba.

– Oh, Rye. -Laura tendió hacia él una mano implorante, y dio la impresión de que las líneas de su rostro se desfiguraban de compasión-. Se refirieron a todos los tripulantes. ¿Cómo podíamos saberlo? Nunca se encontró el cuaderno de bitácora.

Por fin, Dan sugirió en voz baja:

– Creo que será mejor que nos sentemos.

Pero, como hombre de mar, Rye Dalton estaba acostumbrado a enfrentarse a las calamidades de pie. Encaró a los dos y los desafió:

– ¿Es lo que parece?

Su vista describió un arco alrededor de la habitación, abarcando todas las señales de la presencia de Dan con esa sola mirada, y se posó sobre su esposa. Laura tenía los labios abiertos y trémulos, y las manos tan apretadas entre sí que los nudillos se le pusieron blancos. Los ojos castaños brillaban de lágrimas contenidas, y tenía una expresión de hondo remordimiento.



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