Admitió, en voz queda:

– Sí, Rye, así es. Dan y yo nos hemos casado.

Rye Dalton gimió y se dejó caer en una silla, ocultando el rostro entre las manos.

– Oh, Dios mío.

Laura pudo contenerse a duras penas de ir hacia él, arrodillarse y consolarlo, porque sentía su misma angustia. Quiso gritar:

– ¡Lo siento, Rye, lo siento!

Pero también estaba Dan. Dan, el mejor amigo de Rye. Dan, al que también ella amaba, que la había cuidado en la peor época de su vida; que la reconfortó cuando supo la noticia de la muerte de Rye; que se mostró mucho más fuerte que ella ante la pérdida común; que la alegró durante su embarazo y le dio ganas de seguir adelante; que se convirtió en su mano derecha cada vez que necesitaba la fuerza de un hombre para todas las tareas que, como mujer embarazada, no podía hacer; que había llegado a amar al hijo de Rye Dalton como si fuese suyo, que había adoptado a Josh cuando desposó a Laura.

Josh entró con ímpetu, la cara reluciente, su pelo formando una cresta de gallo en la coronilla. Corrió sin dudar hacia Dan, le abrazó las piernas y alzó la vista hacia su cara con una sonrisa angelical, que desgarró el corazón de Rye Dalton.

– Mamá ha hecho tu plato preferido… adivina cuál es.

Rye vio cómo Dan Morgan revolvía el pelo del niño y luego alisaba la cresta que inmediatamente se erguía de nuevo.

– Durante la cena vamos a jugar a las adivinanzas, hijo -le dijo, sin pensarlo.

Al darse cuenta se sonrojó y levantó la vista para encontrarse con la expresión dolorida de Rye.

Los ojos azul claro se posaron en el niño… «¿Cuántos años tendrá? -se preguntó, desesperado-. ¿Cuatro, cinco?». No pudo deducirlo.

Fue levantando poco a poco los hombros caídos y alzó la mirada hacia Laura, preguntándoselo sin hablar. Pero el niño estaba presente, y Rye entendió que no podía contestarle delante de él. Miró otra vez al chico, especulando: «¿Será mío o de Dan?»



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