La tensión aumentó, y Laura se sintió como si fuese la cuerda de un tironeo entre dos bandos en lucha. Le daba vueltas la cabeza y tenía náuseas; se sentía alienada, como si esa tragedia le estuviese sucediendo a otra persona. Pero recuperó cierto sentido del decoro, y obligó a sus labios a decir:

– Será un placer que te quedes a comer, Rye.

Hasta a ella le sonó extraño invitar a comer al propio dueño de la mesa.

Rye Dalton la oyó pronunciar la invitación, y contuvo una carcajada atormentada que estuvo a punto de escapársele. Durante cinco años había navegado por los mares, comiendo los insulsos bizcochos de a bordo, el intragable estofado, y pescado salado, mientras saboreaba por anticipado su primera comida en el hogar. Y ahora, estaba allí: le llegaba a las narices el aroma de la comida con la que había soñado. Sin embargo, no podía, de ninguna manera, sentarse y compartirla con Laura y con su… su otro marido.

Giró sobre sus pies: de repente tuvo prisa por irse y rumiar sus pensamientos. El niño seguía mirando, cosa que hacía imposible preguntar.

– Gracias, Laura, pero todavía no he visto a mis padres. Creo que iré a saludarlos.

Sus padres debían saber la verdad.

Laura sintió que el corazón se le caía hasta el fondo del estómago. Ella y Dan intercambiaron una mirada cargada de mensajes secretos, en la que la mujer le suplicaba que comprendiese.

– Te acompañaré unos metros por el sendero, Rye -le propuso.

– No… no, no hace falta. Recuerdo bien el camino.

Dan se apresuró a intervenir.

– Ve con él, Laura. Yo serviré la comida para Josh y para mí.

La tensión aumentaba mientras Rye decidía si hacerle a Laura el gesto de que pasara antes que él o insistía en que no hacía falta que lo acompañara.

Josh alzó el rostro hacia Dan, y le preguntó:

– ¿Ese hombre va a salir a caminar con mamá?



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