
El reflejo brillante se esfumó, y la muchedumbre apareció a la vista. Mujeres llorosas agitaban sus pañuelos. Viejos lobos de mar, ya retirados, quitándose gorros de lana de las coronillas canosas, saludaban a los balleneros que regresaban, al tiempo que niños con sueños marineros contemplaban la escena con la boca abierta, esperando el día de convertirse en héroes.
La chalana chocó contra los pilotes, y los ojos de Dalton recorrieron la multitud. En pocos minutos, el muelle se convirtió en una confusión de reencuentros felices: novios que se abrazaban, padres con niños a los que acababan de conocer, esposas que se enjugaban lágrimas de felicidad, mientras carricoches y carros tirados por caballos esperaban para trasladar a los recién llegados a sus hogares. Ya tocaban la costa otros botes del Omega, y los estibadores empezaban a descargar los pesados barriles de madera llenos de aceite y grasa de ballena, haciéndolos rodar por la pasarela con un retumbar que parecía un constante trueno lejano. Había carretones tirados por caballos que esperaban para transportar la carga a los almacenes repartidos por la costa.
Por fin, las botas de Rye tocaron la sólida pasarela que ni se agitaba. Cargó al hombro su pesado baúl marinero, metió el chaquetón bajo el brazo y avanzó atravesando la multitud, buscando con mirada ansiosa. Alrededor, todo eran faldas que ondulaban sobre miriñaques de hueso de ballena, y cinturas ceñidas por corsés, también sostenidos por barbas de ballena. Las examinó con la mirada, buscando sólo a una.
