
Pero Laura Dalton no estaba.
Con el ceño fruncido, recorrió balanceándose todo el largo del muelle Straight, abriéndose camino entre grupos de vecinos del pueblo, con pasos largos y regulares, incluso bajo el peso del baúl. A su paso, las matronas se miraban boquiabiertas, maravilladas. Un par de jovencitas ocultaron la risa tras las manos, y el viejo capitán Silas, con las rodillas cruzadas y la encorvada espalda apoyada en la pared gastada por la intemperie de una choza para carnada, lo saludó con un movimiento de cabeza, y mirando de soslayo al alto y joven tonelero que avanzaba por la acera, dio una chupada a la pipa y refunfuñó:
– ¡Ahá!
Dejando atrás el barullo del embarcadero, Rye pasó ante depósitos que olían a brea, cáñamo y pescado. De las refinerías donde se derretía la grasa para convertirla en aceite de ballena, llegaba esa pestilencia sempiterna, mezclada con volutas del humo gris que brotaba de los calderos.
Pero el esbelto marino casi no advirtió el hedor, y tampoco las miradas inquisitivas que lo espiaban desde las tiendas de lámparas, de sogas y desde la carpintería, mientras recorría a zancadas las calles empedradas, adentrándose en el corazón del pueblo. En la cabecera del muelle, entró en la calle Main, más baja y recta. Ante él, emergiendo del gran puerto, y ascendiendo en suaves cuestas rumbo a la colina Wesco Hills, se extendía la ciudad donde había nacido. ¡Ah, Nantucket, mi Nantucket!
La isla, un afloramiento solitario en el Atlántico Norte, avanzaba unos cincuenta y cinco kilómetros hacia el mar, alejándose de los riscos de barro de Martha's Vineyard hacia el Oeste, y hacia las marismas barridas por el viento de Cape Cod, hacia el Norte. Nantucket, que era conocida como la “Pequeña Dama Gris del Mar”, ese día hacía honor a su nombre, dormida bajo un arco de cielo azul, con sus cabañas plateadas que relucían como piedras preciosas sin pulir bajo el alto sol de primavera.
