Las calles adoquinadas formaban un fuerte contraste con el verde asombroso de la hierba nueva de primavera que crecía junto a los senderos, que abría paso a retazos más claros de arena y de guijarros, a medMa que se iba tierra adentro. Las brisas saladas barrían los brezales abiertos, cargadas con la fragancia de las ciruelas maduras y de las bayas de arrayán, mientras que, en los jardines, los manzanos florecían en perfumadas explosiones blancas.

Se detuvo para recoger una, llevársela a la nariz y gozar de la delicada fragancia, que era más preciosa aún por ser de la tierra firme y no del mar. Respiró hondo, como si quisiera compensar los cinco años de no haber disfrutado ese placer. Entonces pensó otra vez en Laura, se puso serio, y se encaminó, decidido, en dirección a la casa.

Le bastaron unos minutos para llegar a un raro callejón cubierto de conchillas de un blanco deslumbrante. Tintinearon, aplastadas por sus botas, y Rye alzó más el arcón de marinero al oír ese ruido conocido, el perfume de las flores de manzano, las familiares chozas. Al comprender que, por fin, iba hacia su hogar, una oleada de loca impaciencia le recorrió el cuerpo.

Llegó a una encrucijada en forma de Y, cuya rama izquierda se alejaba hacia Quarter Mile Hill, mientras que la derecha se estrechaba, y subía una suave cuesta donde descansaba una pequeña vivienda típica de la isla, con techo a dos aguas, de una planta y media, con los lados y el tejado recubiertos de tejas de madera plateadas por el viento, la sal y la intemperie hasta adquirir el brillo suave de una perla gris. Hacía décadas que las ventanas guarnecidas de plomo habían sido fundidas para hacer balas, como un sacrificio entregado a la Revolución, pero a cada lado de la puerta resplandecían pequeños paños de vidrio enmarcados de madera, y blancas persianas se abrían como brazos, dejando entrar el día primaveral.



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