
– ¿No las recibiste?
Rye contempló los ojos castaños de largas pestañas, que lo habían guiado por cientos de tormentas en el mar y de regreso a salvo, por fin a puerto.
Pero ella no hizo más que negar con la cabeza.
– Dejé la primera en el invierno de 1833 -recordó, con ceño preocupado-: Y envié otra por medio de un compañero desde Sag Harbor cuando nos cruzamos en el Stafford, en Filipinas. Y otra desde Portugal. Estoy seguro de que te mandé, por lo menos, tres. ¿No recibiste ninguna de ellas?
Una vez más, Laura se limitó a negar con la cabeza. El mar mojaba, y la tinta era vulnerable. Los viajes, largos, los destinos, inciertos. Existían millones de causas para que esas cartas no hubiesen llegado a destino. No pudieron hacer más que mirarse, perplejos.
– Pe-pero nos llegó la noticia de que el Massachusetts se hundió con… con todos sus tripulantes.
Seria, le tocó la cara para cerciorarse de que no era un fantasma. Entonces vio los pequeños agujeros en la piel: varios en la frente, uno que modificaba apenas la forma del labio superior, y otro que coincidía con la línea de la sonrisa, al lado izquierdo de la boca, dándole un aire de picardía, como si sonriese provocativo aunque no lo hiciera.
«Dios querido -pensó Laura-. Dios querido, ¿cómo puede ser?»
– Perdimos a tres tripulantes a este lado del cabo de Hornos, que saltaron del barco, aterrados ante la idea de afrontar la vuelta al cabo. Así que enfilamos hacia la costa de Chile para conseguir algún contrato de pesca, y nos topamos con una epidemia de viruela. Once días después, supe que yo también la había contraído.
