– Pero te inoculaste la vacuna antes de partir.

Le tocó la cicatriz del labio superior.

– Sabes que no es del todo segura.

Por supuesto que no. El método que se usaba en ese momento consistía en dejar secar el pus de las costras insertadas en hilos, y luego se aplicaba el virus a un rasguño en la piel. No siempre impedía la enfermedad pero, de todos modos, la hacía menos severa.

– Como sea, yo fui uno de los infortunados que la pescó. Eso pensé cuando me bajaron del barco, aunque después, cuando supe que el Massachusetts se había hundido con todos sus tripulantes al llegar a las Galápagos… -En sus ojos apareció una expresión torturada, y soltó un hondo suspiro al evocar su roce cercano con la muerte y la pérdida de sus camaradas. Después, volvió con esfuerzo al presente, irguiendo los hombros-. Cuando se pasaron la fiebre y la erupción, tuve que esperar otro barco que necesitara un tonelero. Viajé hasta la isla Charles, sabiendo que todos atracaban allí, y tuve suerte. Llegó el Omega, y yo firmé un contrato para viajar en él, que fue hacia el Pacífico; todo el tiempo creí que mi carta había llegado y que tú sabías que yo seguía vivo.

«¡Oh, Rye, mi amor!, ¿cómo puedo decírtelo?»

Contempló ese rostro bienamado: largo, esbelto, apuesto, y apenas marcado por las cicatrices. Las contó: eran siete, y contuvo las ganas de besar cada una de ellas, comprendiendo que esas cicatrices físicas dejadas por el viaje no eran nada comparadas con las que le dejarían las emociones que lo esperaban.

El cabello grueso tenía el color de las barbas de maíz oscurecidas por el tiempo, y los ojos de Laura recorrieron el contorno de las patillas en forma de L que se proyectaban hacia las mejillas, y luego alzó la vista a las cejas de forma armoniosa, mucho menos rebeldes que el cabello, que siempre parecía peinado por los caprichos del viento, hasta cuando acababa de peinárselo.



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