Maggie era buena para escuchar y Catalina vertió su corazón de una forma que jamás podría hacer con una Isabel que se escandalizaba con facilidad. Ya conocía gran parte de la historia de su infancia, pasada en la antigua ciudad morisca de Granada, sin madre, ya que esta había muerto al dar a luz, dejándola con un desconcertado padre de mediana edad. Pero de todos modos Catalina volvió a contársela, hablándole del sur de España, de sus viñedos y olivares, de sus campos de naranjas y limones.

Justo a las afueras de Granada estaba la hacienda De Santiago, o al menos parte de ella, ya que también incluía extensas propiedades en otras partes de Andalucía, todas del rico y poderoso cabeza de familia, don Sebastián de Santiago. Catalina lo había visto una vez, con diez años, cuando la llevaron a su gran residencia, parecida a un palacio. Para esa visita se había puesto su mejor vestido y se le había advertido de que se comportara bien. Recordaba poco, salvo que él se había mostrado formal y distante. Poco después la enviaron al internado de monjas. Cuando salió con dieciséis años su padre había muerto y se encontró siendo la pupila y prometida de un hombre al que apenas conocía.

Aún seguía hablando cuando pararon un taxi para recorrer la corta distancia que las separaba del hotel. Al salir del ascensor, avanzaron por el pasillo en dirección a la suite.

El salón estaba casi a oscuras, salvo por una pequeña lámpara encendida sobre una mesa.

– Tomaremos una taza de té, como verdaderas inglesas -indicó Catalina. Mientras llamaba al servicio de habitaciones. Maggie se quitó el abrigo, bostezó y se estiró-. Te envidio tanto ese vestido -alabó la joven-. No tiene tiras y solo tu pecho lo sostiene, de modo que al estirar los brazos por encima de la cabeza da la impresión de que podría caerse, aunque nunca lo hace. Mientras, los hombres miran y rezan para tener suerte. Ojalá pudiera llenar un vestido de esa manera.



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