
– ¡Catalina! -exclamó Maggie, entre divertida y horrorizada-. Me conviertes en una acompañante terrible.
En un impulso, la joven la abrazó.
– Me gustas mucho, Maggie. Tienes un corazón comprensivo.
– Bueno, pues sigue mi consejo. Enfréntate a ese ogro y dile que te deje en paz. Estamos en el siglo XXI. No te pueden obligar a casarte en contra de tu voluntad… y mucho menos con un viejo. Algún día conocerás a un chico agradable de tu propia edad.
Catalina rió entre dientes.
– Creía que considerabas que una mujer estaba loca si se casaba con un español de cualquier edad.
– Me refería a una mujer inglesa. Me atrevería a aventurar que si eres española, podría resultar tolerable.
– Qué amable es -comentó una voz irónica desde las sombras.
Ambas giraron y vieron a un hombre levantarse del sillón que había junto a la ventana, donde encendió una lámpara de pie. Maggie sintió un aguijonazo de alarma, y no solo por su súbita aparición, sino por su sola presencia. Había algo inherentemente peligroso en él. Lo supo por instinto, incluso en ese momento fugaz.
Antes de que pudiera exigir que declarara quién era y cómo había entrado, oyó el susurro de Catalina.
– ¡Sebastián!
«¡Santo cielo!», pensó Maggie. Era obvio que había oído cada palabra. Aunque quizá eso resultara positivo, ya que hacía tiempo que tendrían que haberle hablado con claridad.
Lo estudió, comprendiendo que se había hecho una impresión equivocada. La idea de Catalina de un hombre mayor estaba mediatizada por su juventud. Ese hombre no se parecía en nada al anciano del que habían hablado. Don Sebastián de Santiago tenía treinta y tantos años, quizá próximo a los cuarenta, pero en absoluto mayor. Medía como mínimo un metro ochenta y cinco, con un cuerpo esbelto y duro que portaba como un atleta.
Solo en su cara vio lo que había esperado, una expresión de orgullo y arrogancia que adivinaba que llevaba marcada desde la cuna. Y en ese momento se añadía la furia. Si había albergado alguna esperanza de que no hubiera oído la totalidad de sus palabras francas, la expresión en los ojos negros habría desterrado cualquier ilusión.
