
– ¿Por qué tiene tanto miedo? -inquirió Maggie con suavidad.
– Mi marido, Antonio, tuvo que ser sometido a una operación en un hospital. Y murió.
– ¿Cuándo fue eso?
– Hace cuarenta años.
– Mucha gente moría entonces, cuando ahora no fallecería. Se recuperará y volverá a estar bien.
Continuó hablándole de esa manera, contenta de ver que la mujer se iba relajando poco a poco. En ese momento, Sebastián se asomó por la puerta. Sonreía de un modo que lo transformaba.
– Ya queda poco -le dijo a Isabel-. Y luego todo estará bien.
– Y ¿no moriré? ¿Lo prometes?
– No morirás. Palabra de un Santiago -se inclinó y le dio un beso en la frente. Isabel no dejó de mirarlo hasta desaparecer de vista.
– He de recalcar el peligro de una operación en una mujer de su edad y peso -explicó el cirujano-. Pero no queda otra alternativa.
– Asumo toda la responsabilidad -manifestó. El médico se marchó. Casi para sí mismo, Sebastián murmuró-: He hecho una promesa que no tenía derecho a realizar.
– No podía haber hecho otra cosa -intervino Maggie-. Era la única posibilidad que tenía Isabel.
– Cierto. Pero si muere… cuando ha confiado en mí…
– También habría muerto si no hubiera confiado en usted -insistió ella-. Hizo lo correcto.
– Gracias por decirlo. Necesito saber que alguien… -calló y la miró sorprendido, como si acabara de comprender lo que iba a decir y a quién. Su rostro volvió a adquirir una expresión reservada-. Quiero decir… que debo darle las gracias por lo que hizo por ella. Ha sido amable. Posee un don -al no explicarse, Maggie lo miró con el ceño fruncido-. Es un don que tienen algunas personas -añadió-. Calman el miedo e inspiran confianza.
– Al parecer usted también lo tiene.
– Es natural que confíe en el cabeza de familia. Pero en usted confió por usted misma -entonces dio la impresión de estar avergonzado y miró alrededor en busca de Catalina.
