
– Síguenos al Hospital Santa María -ordenó, refiriéndose al hospital privado más caro de Londres.
– Isabel es de su familia -explicó Catalina una vez sentadas en la parte de atrás del coche con chófer-. Se siente responsable de ella.
– Así ha de ser si la acompaña en la ambulancia -musitó Maggie-. La mayoría de los hombres antes preferiría morir. Pero tendrías que haber ido tú, cariño.
– Odio la enfermedad -se quejó la joven. Vio que Maggie la observaba con exasperación y añadió con astucia-: Además, Isabel quiere la compañía de Sebastián. A su lado se siente a salvo.
– Sí, lo he notado.
Maggie se había quedado impresionada a pesar de sí misma por la amabilidad y paciencia que le había mostrado a la mujer mayor, y por el modo en que ella se había aferrado a él, como si fuera una roca. Sin importar lo arrogante que pudiera ser, era evidente que se tomaba en serio sus deberes de patriarca.
En el Santa María, los médicos los esperaban. Cuando se prepararon para llevarse a Isabel, esta le gritó a Sebastián.
– ¡No, no. Prometiste no dejarme.
– Y no lo hará -intervino Maggie en el acto, tomando la mano extendida de la mujer-. Pero ha de quedarse aquí un momento para dar sus datos; yo la acompañaré. Somos amigas, ¿no?
Isabel asintió con sonrisa débil, aunque sus ojos se posaron en Sebastián. De inmediato él le tomó la otra mano.
– La señora Cortez me representará -afirmó-. Confía en ella como confiarías en mí, y será como si me tuvieras a tu lado.
Isabel suspiró y permitió que la introdujeran en la sala de reconocimiento. Sus ojos jamás dejaron los de Maggie y fue obvio que se había tomado muy en serio la transferencia de confianza.
Solo hizo falta un examen breve para confirmar que tenía un caso agudo de apendicitis que requería una intervención inmediata. La noticia le provocó un nuevo ataque de terror.
