
Maggie era alta y escultural, aunque su carácter era tan sereno que podían pasarla por alto junto a la magnífica Catalina. No obstante, también ella tenía un toque mediterráneo. Su abuelo había sido Alfonso Cortez, un español de Andalucía que se había enamorado locamente de una inglesa de vacaciones en España. Cuando estas acabaron, él la siguió y jamás volvió a su país.
De él, Maggie había heredado los ojos grandes y oscuros que sugerían unas profundidades insondables. Resultaban doblemente cautivadores sobre la palidez anglosajona de su piel. Un observador habría resumido a Catalina en un instante, pero se habría demorado en Maggie, tratando de desentrañar su misterio y el dolor y la amargura que se afanaba por ocultar. Quizá habría percibido la sensualidad y el humor en su boca. Lo primero era algo que incluso trataba de esconder de sí misma. El humor era el arma de que disponía contra el mundo. En el pasado, en lo que ya parecía una eternidad, no había dejado de reír. En ese momento reía para proteger su intimidad.
– Si piensas eso sobre tu prometido, deberías decírselo -comentó.
– ¿Crees que Sebastián me dejaría ir, después de haber dedicado dos años a educarme? Todo lo que hago es supervisado por él. Se me enseña lo que él quiere que sepa… idiomas, cómo vestir, cómo comer, cómo comportarme. Incluso en este recorrido por Europa, no tengo libertad, porque él lo ha organizado todo. En Roma, en París, en Londres. Me alojo en los hoteles que él elige y hago lo que él dice. Y ha llegado la navidad y hay tantas cosas hermosas en Londres: los adornos y los árboles navideños, los niños cantando villancicos, las tiendas llenas de luces, compramos un montón de regalos y visitamos a Papá Noel en su cueva…
