
Los esfuerzos que realizaba por dominar idiomas carecían de entusiasmo. El inglés se le daba bastante bien porque había visto innumerables series americanas de televisión, pero su francés era horrible, y su alemán había sido una pérdida de tiempo para todo el mundo.
Sin embargo, Maggie le tenía cariño. A pesar de lo mucho que podía exasperarla, era una joven amable, de corazón afectuoso y divertida. Necesitaba un marido joven que quedara prendado de su belleza y entusiasmo, a quien no le importara su carencia de cerebro. Pero faltaba poco para que se viera aprisionada en un mundo de prematura mediana edad.
– De acuerdo -aceptó Maggie mientras tomaban té con unas pastas-. ¿Qué quieres hacer esta noche?
– ¡Morirme! -declaró con ardor.
– Aparte de eso -aportó sentido común al melodrama.
– ¿Qué importa? De todos modos, dentro de unas semanas mi vida se habrá acabado. Seré una mujer casada vieja con un marido viejo y un bebé cada año.
– ¿Don Sebastián es viejo de verdad? -inquirió.
– Viejo, de mediana edad -Catalina se encogió de hombros-. ¿Y qué?
– Que pena que no tengas una foto de él.
– Ya es bastante malo tener que casarme con él. ¿Para qué quiero su foto? Si la tuviera, la pisotearía. Quizá solo sea de mediana edad por fuera, pero es viejo aquí -la joven se llevó unos dedos a la frente y luego al corazón-. Y eso es lo que de verdad cuenta.
Maggie asintió. Sabía muy bien que un hombre podía aparentar una cosa y ser otra. Cuatro años de matrimonio se lo habían enseñado. Una felicidad maravillosa, seguida de desilusión, un corazón roto, disgusto y desesperación. Para ocultar la súbita tensión que experimentó, pidió más té.
Las dos mujeres eran un estudio en contrastes: una todavía adolescente, toda ella orgullo y apasionada belleza española, con ojos oscuros y resplandecientes y una complexión cálida, mientras que la otra andaba cerca de los treinta años, con suave piel blanca, ojos castaños oscuros y cabello castaño claro. Catalina era pequeña, de líneas exquisitas, pero su temperamento vivo y su personalidad excitable tendían a convertirla en el centro de atención.
