
Maggie habría preferido vestirse con más contención, pero a Catalina eso le parecía un horror. Había insistido en que fueran de compras y, con ojo infalible, había guiado a Maggie hasta un vestido de cóctel de seda negra que se ceñía a sus curvas femeninas.
– Tiene un escote un poco bajo -había dicho con cierto titubeo.
– ¿Y qué? Tu pecho es magnífico; deberías exhibirlo -había aseverado Catalina.
Hasta Maggie podía ver que el vestido había sido hecho para ella, lo que la impulsó a comprarlo, complementándolo con un chal negro también de seda con el que podía cubrirse los hombros. En ese momento llevaba el chal, y aun así deseaba que el vestido fuera un poco más discreto.
– ¿Qué elegimos? -preguntó en ese momento.
– ¿En tu casa o en la mía? -aportó Catalina en el acto-. He querido verla desde que leí que era muy grosera y explícita.
– El tipo de espectáculo que la mujer de don Sebastián no debería ver -bromeó Maggie.
– No, es verdad -coincidió Catalina con alegría-. Así que vayamos de inmediato.
Isabel giró su cuerpo pesado en la cama, tratando de no hacer caso al insistente dolor en el costado. Se preguntó cuándo regresarían Maggie y Catalina, pero un vistazo al reloj le indicó que se habían marchado hacía apenas una hora.
Un ruido súbito hizo que se pusiera rígida. Procedía del otro lado de la puerta del dormitorio, donde la lujosa suite tenía el amplio salón que compartía con Catalina. Alguien había entrado con sigilo.
Hizo acopio de valor y se levantó de la cama, buscó el bolso, introdujo un cenicero pesado en él y avanzó de puntillas hasta la puerta. Entonces, con un movimiento brusco, la abrió y lanzó el bolso contra el intruso.
