Al siguiente instante su brazo quedó inmovilizado por una mano férrea y se encontró con la asombrada cara de Sebastián de Santiago.

– ¡Santa madre de Dios! -gimió-. ¿Qué he hecho?

– Has estado a punto de arrancarme la cabeza -comentó con ironía él, metiendo la mano en el bolso para sacar el cenicero.

– Perdóname. Pensé que era un ladrón.

La expresión habitual de severidad y arrogancia en la cara de Sebastián se suavizó.

– Soy yo quien debería disculparse por entrar sin avisar -corrigió con cortesía-. Tendría que haber llamado, pero al saber que era la noche de Julio César, di por sentado que la suite estaría vacía y convencí a Recepción para que me diera una llave -la observó preocupado-. ¿Te encuentras indispuesta?

– Un poco. No es nada, pero preferí no salir, y sabía que podía confiar a Catalina a la señora Cortez.

– Ah, sí, la mencionaste en tus cartas. Una mujer inglesa respetable, profesora de idiomas.

– Y viuda de un español -manifestó Isabel con presteza-. Una persona muy culta y fiable, con un aspecto maduro y los mayores principios -por temor a que se cuestionara sus deberes de acompañante, continuó alabando las virtudes de Maggie hasta que Santiago la interrumpió con gentileza.

– No deseo mantenerte levantada. Solo dime cómo puedo encontrarlas.

Isabel sacó la entrada del bolso.

– Estarán sentadas aquí.

La guió con amabilidad hasta la puerta de su dormitorio, le deseó un descanso reparador y se marchó. Quince minutos más tarde llegó al teatro, justo en el primer descanso de la obra. En vez de perder el tiempo buscando entre la multitud, se dirigió al asiento numerado de su entrada y esperó que Catalina y su acompañante se reunieran con él.


¿En tu casa o en la mía? solo resultó levemente atrevida, pero para una joven de un entorno protegido, pareció deliciosamente osada. Al terminar, se dirigieron a un restaurante próximo, mientras Catalina recordaba feliz algunas melodías y bromas del espectáculo.



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