
– Sebastián se enfadaría si supiera dónde he estado esta noche -comentó contenta mientras esperaban la cena.
– No imagino por qué aceptaste casarte con él si tanto te desagrada.
– Tenía dieciséis años. ¿Qué sabía? Maggie, cuando estudias en un internado de monjas, donde te dicen «No hagas esto; no hagas aquello», aceptarías cualquier cosa para salir. Y de pronto aparece ese viejo… de acuerdo, de acuerdo, de mediana edad, amigo de tu padre y que también es un primo lejano, cuarto o quinto, no recuerdo. Pero Sebastián es el cabeza de familia, de modo que al morir tu padre ese hombre se convierte en tu tutor y te dice que ha decidido que serías una esposa apropiada.
– ¿Él lo decidió?
– Es un hombre firme. Es su manera de ser.
– ¿Y qué hay de lo que tú quieres?
– Dice que soy demasiado joven para saberlo.
– ¡Dame paciencia! -exclamó Maggie, apelando al cielo.
– De cualquier modo, respondes que sí, porque si no sales de ese internado te va a dar un ataque de locura -explicó, añadiendo con un suspiro-, pero descubres que él es mucho peor que las monjas. Una chica debería de ir a su boda con alegría, llena de adoración por su… ¿Cómo puedo adorar a Sebastián?
– Como no lo conozco, no sé si es adorable o no -respondió.
– No lo es -aseveró Catalina-. Es un grande de España, un aristócrata. Es orgulloso, intenso, arrogante, autoritario. Lo exige todo y no perdona nada. Cree que lo único que importa es el honor, el suyo y el de su familia. Es impresionante. Pero, ¿adorable? ¡No!
– Bueno, la adoración está bien para el día de la boda -observó Maggie-. Sin embargo, un matrimonio ha de cimentarse en la realidad -llenó sus copas con el vino blanco suave que había pedido.
– ¿En qué piensas? -preguntó Catalina, mirándola con curiosidad.
– Yo… en nada. ¿Por qué?
– De pronto tu cara ha adoptado una expresión extraña, como si pudieras ver algo muy lejano que no está al alcance de nadie más. ¡Oh, no! -compungida, se llevó la mano a la boca-. Te he hecho recordar a tu propio marido, y eso te entristece porque falleció. Perdóname.
