
– No lo sé – repuso India francamente -. No lo pienso.
– Pues deberías pensarlo. Es posible que un día te hagas muchas preguntas sobre lo que no tuviste y no hiciste y deberías haber tenido y hecho. – Era posible, pero para India engañar a su marido aunque sólo fuese para comer con otro hombre no representaba, ni muchísimo menos, la solución ideal -. Sé franca, ¿nunca añoras la vida que llevabas antes de casarte?
La mirada de Gail denotaba que sólo aceptaría una respuesta totalmente sincera.
– Pienso en lo que solía hacer, en la vida que llevábamos…, pienso en el trabajo… en Nicaragua, en Perú, en Kenia… Pienso en lo que hice y en lo que significó para mí. Por supuesto que a veces lo echo de menos. Fue maravilloso y me encantó, pero no añoro a los hombres que recorrieron conmigo parte de ese camino.
No los añoraba, sobre todo, porque sabía que Doug apreciaba que hubiese renunciado por él.
– Supongo que en este aspecto has tenido suerte. ¿Cuándo volverás a trabajar? Con tus credenciales podrías hacerlo cuando quisieras. No es como la abogacía, yo ya no estoy en forma, he perdido el tren. A ti te basta la cámara para volver mañana mismo al ruedo. Es una locura que desperdicies tu talento.
India sabía muy bien cómo había sido la vida de su padre y la de su familia. La situación era más compleja de lo que Gail suponía. Por vivir esa vida se pagaba un precio altísimo.
– No es tan sencillo y lo sabes. ¿Qué pretendes que haga? ¿Esperas que esta noche llame a mi representante y le diga que por la mañana me envíe a Bosnia? Doug y mis hijos darían saltos de alegría.
La idea era tan descabellada que rió. Sabía perfectamente, al igual que Gail, que aquella época pertenecía al pasado. A diferencia de su amiga, India no necesitaba demostrar su independencia ni abandonar a su familia. Amaba a Doug y a sus hijos y estaba convencida de que su marido también la quería.
– Es posible que lo prefieran a que te vuelvas aburrida y gruñona.
