– Dan me invitó a comer. – India la miró de soslayo. Gail sonrió con complicidad -. No pongas esa cara. Sólo busca asesoramiento legal gratuito y un hombro en el que llorar.

– Déjate de historias. – Aunque no le interesaran los chismorreos locales, India sabía que a Gail le encantaba coquetear con los maridos de las demás -. Siempre le has caído bien.

– Y él a mí. Pero no pasa nada. Estoy aburrida y Dan se siente solo, furioso y desgraciado. Todo eso equivale a una comida, no necesariamente a una tórrida aventura amorosa. Te aseguro que no tiene nada de atractivo oírle quejarse de lo mucho que Rosalie le recriminaba no ocuparse de los niños y los domingos ver el fútbol por la tele. Dan no está preparado para otra cosa y todavía abriga la esperanza de la reconciliación. Es algo complicado, incluso para mí.

India observó a su amiga y la notó inquieta. Según la propia Gail, hacía años que Jeff no la excitaba. India lo sabía y no la sorprendía. Jeff no era un hombre excitante. De todos modos, nunca se le había ocurrido preguntar a Gail qué consideraba excitante.

– Gail, ¿qué quieres? ¿Para qué te tomas la molestia de comer con un hombre que no es tu marido? ¿En qué te beneficia?

Estaban casadas, llevaban una existencia ajetreada, tenían hijos que las necesitaban y obligaciones más que suficientes para no meterse en líos. India tenía la sensación de que Gail buscaba algo intangible y esquivo.

– ¿Qué tiene de malo? Comer de vez en cuando con un hombre da sabor a mi vida. Si se convierte en otra cosa tampoco es el fin del mundo. Me acelera el pulso y vuelvo a sentirme viva. Me convierte en algo más que en chófer y ama de casa. ¿No lo echas de menos?

Gail taladró a su amiga con la mirada, seguramente como hacía en los tribunales cuando interrogaba a los acusados.



12 из 324