
India se sorprendió.
– ¿Por eso abandonó a su esposa? – Gail asintió con la cabeza -. No me entero de nada, vaya. ¿Cómo es posible que no lo supiera?
– Porque eres muy buena, muy pura y la esposa perfecta – bromeó Gail.
Eran amigas hacía tanto tiempo que cada una confiaba plenamente en la otra. Se aceptaban tal como eran e India jamás la criticaba por acostarse con otros hombres, pese a que lo reprobaba y no lo entendía. La única explicación consistía en que Gaíl experimentaba un vacío que nada parecía llenar.
– ¿Es lo que quieres? ¿Dejar a Jeff por el marido de otra? ¿Cambiaría eso tu situación?
– Probablemente no – admitió Gail -. Por eso no lo he hecho. Creo que quiero a Jeff. Somos amigos. La pega es que no resulta muy estimulante.
– Tal vez sea mejor así – observó India, y reflexionó acerca de lo que Gail acababa de decir -. Yo ya he tenido suficientes estímulos en el pasado y no quiero más – dijo con firmeza, como si intentara convencerse a sí misma más que a su amiga pero, por esta vez, Gail aceptó a pies juntillas sus palabras.
– Si lo que dices es verdad, eres muy afortunada.
– Ambas lo somos – afirmó India para animarla.
Seguía pensando que la solución no radicaba en que su amiga comiera con Dan Lewison u otros hombres como él. ¿Adónde la conduciría? ¿A un motel entre Westport y Greenwich? ¿Y qué? India era incapaz de imaginarse en la cama con otro hombre que no fuera su marido. Después de diecisiete años con Doug no deseaba a nadie más. Amaba la vida con Doug y sus hijos.
– Sigo pensando que desaprovechas tu creatividad – la azuzó Gail pues sabía perfectamente que era el único resquicio en la armadura de India, el único tema que a veces la llevaba a plantearse preguntas incómodas -. Deberías volver a trabajar.
