
Aquellos tiempos la habían cautivado por el entusiasmo y los desafíos que entrañaban y por la sensación de que hacía algo por la humanidad. Los peligros a los que tuvieron que hacer frente incluso la animaban a continuar.
Había empezado a hacer fotos mucho antes, en plena adolescencia. Aprendió de su padre, que era corresponsal del New York Times. Durante la niñez apenas lo vio pues lo enviaban a cubrir peligrosos reportajes de guerra. No sólo le encantaban sus fotos, sino las historias que él contaba. De pequeña soñaba con llevar una vida como la de su padre. Sus sueños se hicieron realidad cuando colaboró de manera independiente con periódicos estadounidenses mientras formaba parte del Cuerpo de Paz.
Los reportajes la llevaron a internarse en la selva y tuvo que hacer frente a bandidos y guerrilleros. En ningún momento se detuvo a pensar en los riesgos que corría. Para India el peligro era emocionante y, a decir verdad, le encantaba. Adoraba a las personas, las vistas, los olores, la profunda alegría de lo que hacía y la sensación de libertad que le proporcionaba. Cuando ambos terminaron la colaboración con el Cuerpo de Paz y Doug regresó a Estados Unidos, India permaneció varios meses en América Central y del Sur y posteriormente cubrió noticias en África y Asia. Logró estar presente en los sitios más conflictivos. Dondequiera que hubiera disturbios, India acudía y sacaba fotos. Formaba parte de su alma y de su sangre de un modo que jamás lo había estado en las de Doug. Para él había sido una experiencia emocionante, algo que realizar antes de asentarse y llevar una «vida real». Para India, ésa era la vida real y lo que verdaderamente deseaba.
