
No había sucedido así. Sólo el tiempo había podido curarle las heridas, pero las cicatrices habían quedado para siempre. Primavera en París. Siempre que oía aquella canción, se acordaba de la muerte de su madre, y de Nicole gritándole.
Claire apartó todos aquellos recuerdos de su mente y entró en la cocina. Estaba diferente; era más moderna y más grande. Parecía que Nicole había reformado la casa o, al menos, algunas partes. Continuó por las escaleras y se encontró con que varias de las habitaciones pequeñas se habían transformado en un espacio más amplio. Había un gran salón con muebles cómodos, colores cálidos y un armario contra la pared, que ocultaba una televisión de pantalla plana y otros aparatos electrónicos. El comedor estaba igual. El dormitorio pequeño que había en aquella planta se había convertido en un pequeño estudio.
La casa estaba oscura y fría. Encontró el termostato y encendió la calefacción. Encendió también algunas lámparas, pero con eso no consiguió que la casa fuera más acogedora. Quizá el problema no fuera la casa. Era ella, y los recuerdos que no se iban.
La última vez que había ido a Seattle había sido para el funeral de su padre. Había recibido una llamada de teléfono de un hombre, quizá del propio Wyatt, pensó Claire mientras se sentaba en el sofá, que la había informado de que su padre había muerto. Le había dicho la fecha, hora y lugar en que iba a celebrarse el funeral y después había colgado.
Ella se había quedado hundida. Ni siquiera sabía que estaba enfermo, nadie se lo había dicho.
Sabía lo que pensaban: que a ella no le importaba su propia familia, que no los quería. Lo que había intentado explicarles muchas veces era que ellos mismos la habían mandado fuera. Sus hermanas habían podido quedarse allí, donde se sentían seguras, donde tenían amor. Pero Nicole nunca lo había visto de ese modo, siempre había estado furiosa.
