
Claire acarició la tela suave del sofá. Nada de aquello le resultaba familiar. Wyatt tenía razón; aquél no era su sitio. Sin embargo, no iba a marcharse. Nicole y Jesse eran la única familia que tenía. Quizá hubieran hecho caso omiso de sus llamadas y sus cartas durante años, pero ahora ella había vuelto, y no iba a marcharse hasta que consiguiera llegar a sus hermanas. Hasta que hubieran hecho las paces.
Se puso en pie y subió las escaleras. Había tres habitaciones en el piso superior. Se detuvo en la principal. Por los colores de la decoración y los objetos que había en el vestidor, seguramente aquél era el dormitorio de Nicole. Al otro extremo del pasillo se hallaban las otras dos habitaciones y el baño compartido.
Una era la típica habitación de invitados, con una cama pequeña y colores neutros, y el otro era de color violeta, con carteles en las paredes y una mesa con un ordenador en un rincón.
Claire entró en aquella habitación y miró a su alrededor. Olía a vainilla.
– ¿Qué has hecho? -preguntó en voz alta-. Jesse, ¿por qué me has engañado? ¿Me perdonará Nicole de verdad?
Quería creer a su hermana desesperadamente, pero no podía. Wyatt había sido muy convincente demostrándole su antipatía.
La injusticia de que un extraño la juzgara así hacía que le doliera el pecho, pero se sobrepuso a aquella sensación. De algún modo, conseguiría arreglar todo aquello.
Volvió al piso de abajo y caminó hacia la puerta principal. Por el camino vio la escalera estrecha que bajaba al sótano. Sabía lo que había allí.
Todas las células de su cuerpo le pedían que no lo hiciera, que no bajara a mirar, pero ella caminó hacia la puerta, y después, lenta, lentamente, siguió descendiendo.
Las escaleras se abrían al sótano. Sin embargo, lo que antes era un espacio abierto estaba cerrado por una pared con una sola puerta. Nicole no lo había destruido, y Claire no supo qué pensar de ello. ¿Significaba que todavía había esperanza, o acaso la reforma hubiera causado demasiados problemas?
