
Claire titubeó con la mano sobre el pomo. ¿De verdad quería entrar?
Cuando Nicole y ella tenían tres años, sus padres las habían llevado a casa de unos amigos. Era un lugar en el que ninguna de las dos niñas había estado antes. Al principio, la visita no había tenido nada de especial; un día lluvioso de Seattle, con las dos pequeñas atrapadas dentro de una casa llena de adultos.
Uno de los invitados había intentado entretener a las niñas tocando el piano. Nicole se había aburrido y se había alejado, pero Claire se había sentado en el banco, embelesada con las teclas y el sonido que producían. Después de comer había vuelto al piano ella sola. Era demasiado baja para ver las teclas negras y blancas, pero sabía dónde estaban, y se había puesto de puntillas cuidadosamente para tocar una de las canciones.
Pese a lo pequeña que era, Claire lo recordaba todo de aquella tarde. Recordaba que su madre había ido a buscarla, y se había quedado observándola durante mucho rato. Recordaba que la había sentado en su regazo ante el piano, donde podía tocar aquella música tan bonita con más facilidad.
Nunca había podido explicar por qué sabía qué tecla producía cada sonido, cómo había empezado la música dentro de ella, borboteando, hasta que se había desbordado. Era una de aquellas cosas enigmáticas, una peculiaridad de la herencia genética.
Su madre también había sentado a Nicole en su regazo, pero ésta no había demostrado interés en el piano y cuando había puesto sus manos diminutas en el teclado, sólo había hecho ruido.
Aquel momento lo había cambiado todo. Claire había comenzado las clases dos días después. Entonces había comenzado la obra para convertir el sótano en un estudio insonorizado. Por primera vez en su vida, las mellizas no estaban haciendo lo mismo al mismo tiempo. La música, el don de Claire, se había interpuesto entre ellas.
