– Estoy muy bien -mintió-. ¿Y tú?

– De maravilla, pero ahí está la cosa: Nicole no.

Claire agarró con fuerza el auricular.

– ¿Qué le ocurre?

– Nada… todavía. Va a tener que operarse. La vesícula. Tiene algo raro en la colocación, o algo así. No me acuerdo. De todos modos, no pueden hacerle la operación fácil de las incisiones diminutas. La lapa…

– Laparoscopia -murmuró Claire distraídamente mirando el reloj. Faltaba media hora para su clase.

– Ésa. En vez de ésa, van a tener que abrirla como a una sandía, lo que significa que tardará en recuperarse. Y con la panadería y todo eso, hay un problema. La ayudaría yo, pero no puedo en este momento. Las cosas son… complicadas. Así que estuvimos hablando, y Nicole se preguntaba si te gustaría volver a casa y tomar las riendas. Te lo agradecería mucho.

«A casa», pensó Claire con melancolía. Podría ir a casa, de vuelta a la casa que apenas recordaba, pero que siempre estaba en sus sueños.

– Creía que Nicole y tú me odiabais -susurró, con miedo de tener esperanzas.

– Antes estábamos disgustadas. La muerte de papá fue un momento muy lleno de emociones. En serio, llevamos hablando de ponernos en contacto contigo desde hace tiempo. Nicole te habría… eh… llamado, pero no se encuentra bien, y tenía miedo de que le dijeras que no. No está en condiciones de enfrentarse a eso ahora.

Claire se puso en pie.

– Yo nunca diría que no. Claro que iré a casa. Sois mi familia, las dos.

– Muy bien. ¿Cuándo puedes estar aquí?

Claire miró a su alrededor, el desastre que era su vida, y pensó en las llamadas furiosas de Lisa, su representante. También estaba la clase a la que tenía que asistir, y las que tenía que impartir a finales de semana.

– Mañana -dijo con firmeza-. Puedo estar allí mañana.


– Pégame un tiro ahora -dijo Nicole Keyes, mientras limpiaba la encimera de la cocina-. Lo digo en serio, Wyatt. Debes de tener un arma, hazlo. Yo escribiré una carta diciendo que no es culpa tuya.



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