– Lo siento. Nada de armas en mi casa.

En la suya tampoco, pensó ella con desánimo, y tiró la bayeta al fregadero.

– No podía haber peor momento para esta estúpida operación. Me han dicho que no podré trabajar hasta dentro de seis semanas. Seis. La panadería no se lleva sola… y no te atrevas a decir que le pida ayuda a Jesse. Lo digo en serio, Wyatt.

El que pronto iba a ser su ex cuñado alzó ambas manos.

– No diré una palabra. Lo juro.

Ella lo creía. No porque pensara que le asustaba, sino porque sabía que, aunque algo de su dolor provenía de su vesícula inflamada, la mayor parte era consecuencia de la traición de su hermana Jesse.

– Lo odio. Odio que mi cuerpo me falle de esta manera. ¿Qué le he hecho yo?

Wyatt sacó una silla de la mesa.

– Siéntate. Disgustarte no te a ayudará.

– Eso no lo sabes.

– Lo supongo.

Se dejó caer en la silla porque era más fácil que discutir. Algunas veces, como en aquel momento, se preguntaba si le quedaban fuerzas para luchar.

– ¿Qué es lo que se me olvida? Creo que lo he hecho todo. Sabes que no podré cuidar a Amy durante un tiempo, ¿verdad?

Amy era la hija de ocho años de Wyatt. Nicole la cuidaba unas cuantas tardes a la semana.

Wyatt se inclinó hacia delante y le puso una mano sobre el brazo.

– Relájate -le dijo-. No has olvidado nada. Yo iré a echar un vistazo a la panadería cada dos días. Tienes a buena gente trabajando para ti. Te quieren, y son leales. Todo irá bien. Volverás a casa al cabo de pocos días y empezarás a curarte.

Sabía que él se refería a algo más que a la operación. También estaba el asunto del que pronto sería su ex marido.

En vez de pensar en aquel desgraciado de Drew, miró la mano que Wyatt había posado en su brazo. Tenía las manos grandes, con cicatrices, encallecidas. Era un hombre que sabía lo que era trabajar. Honrado, guapo, divertido.



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